LA CELESTA

Celesta Schiedmayer


La celesta es un instrumento de percusión, parecido a un pequeño piano vertical,  con un conjunto de barras de acero afinadas golpeadas por martillos, que a su vez, son controlados por un teclado como un piano. Se parece un poco a un piano vertical.


No tiene cuerdas como el piano ni electrónica como el teclado. Consiste en una serie de pequeñas barras de metal (y por lo tanto es un metalófono) con un teclado y una acción de piano simplificada en la que pequeños martillos de fieltro golpean las barras.
Cada barra es resonada por una caja de madera o cámara similar afinada para reforzar el armónico fundamental (tono de componente) de la barra. Un pedal levanta un amortiguador de fieltro de las barras, permitiendo el uso de notas cortas o sostenidas. 
Rangos: 4 octavas (Do-Do4 ) • 5 octavas (Do-Do5) • 5 octavas y ½ (Do-Fa5).

En 1891, de camino a New York para la inauguración del Carnegie Hall, Pyotr I. Tchaikovsky  permaneció en París para visitar a Víctor Mustel y familiarizarse con la celesta. El compositor quedó fascinado con el estupendo sonido de la celesta y ordenó al instante un instrumento. La utilizó por primera vez en su poema sinfónico El Voyevoda, estrenada en noviembre de 1891. Al año siguiente, utilizó la celesta en su ballet El Cascanueces, en la que hay un solo en la Danza del Hada de Azúcar. 

El instrumento es especialmente eficaz en combinación con arpas, apoyada por los acordes suaves de la madera.

Timbre celestial: El nombre «celesta» proviene de la palabra francesa célesta para «celestial». Produce un sonido suave, brillante y etéreo, similar al de las campanas, pero con un timbre más delicado.

Transposición: Funciona como un instrumento de transposición, ya que su parte musical se escribe una octava por debajo de cómo suena en realidad. Esto evita el uso de líneas adicionales excesivas en la partitura.

Combinación orquestal: Su sonido único y mágico se integra excepcionalmente bien con los timbres delicados de otros instrumentos, como el arpa y la madera, creando una atmósfera de ensueño y fantasía.

La celesta sigue siendo muy utilizada hoy en día, sobre todo en orquestas, pero también se está haciendo cada vez más popular en la música pop y cinematográfica. Tiene una doble naturaleza, ya que pertenece a la sección de percusión, teniendo en cuenta la mecánica de la producción sonora, y a la de instrumentos de teclado, en la forma de tocar el instrumento. Por lo tanto, suele ser tocada por un pianista. Ernest Chausson utilizó la celesta por primera vez en un ambiente de música de cámara en 1888 en su música escénica «La Tempête».

Los compositores franceses y rusos fueron los primeros en utilizar este instrumento dentro de la orquesta sinfónica.
Célebres son los ejemplos que encontramos en obras como El aprendiz de brujo de Paul Dukas; Ma Mère l’Oye, Rapsodia Española  y en  Dafnis y Cloe, de RavelRomeo y Julieta de Prokófiev; Ottorino Respighi en Pinos de Roma, Arias y danzas antiguas, Los pájaros.
Richard Strauss en El caballero de la rosa , Ariadna en NaxosSalomé, Sinfonía Alpina. Stravinsky en El pájaro de fuego, y la Suite  de Petrushka. Béla Bartók en su Música para cuerdas, percusión y celesta, y El Mandarín Maravilloso.  Gustav Holst en Los planetas (en el movimiento dedicado a Neptuno). Además es uno de los instrumentos favoritos del compositor de música de cine John Williams.
Gustav Mahler utilizó la celesta en sus Sinfonías  6ª  y 8ª Sinfonía y en El canto de la tierra.

La celesta es el instrumento que suena al principio de muchas bandas sonoras de las películas de Harry Potter (Tema de Hedwig). Está presente en la canción «Everyday» de Buddy Holly, y en la canción «Light My Fire» de The Doors. También es el instrumento que George Martin utiliza en la versión de The Beatles de «Baby It’s You».

La celesta con un interprete
«La celesta instrumento musical»

En la hoja de programa Bartok escribió:

“El título de esta obra sinfónica encuentra su explicación en que algunos instrumentos o grupo de instrumentos están tratados como instrumentos concertantes o como instrumentos solistas.

El tratamiento instrumental virtuoso aparece, por ejemplo, en las partes de fugato en el desarrollo del primer movimiento (instrumentos de metal) o en aquellos pasajes del tema principal del último movimiento que parecen tener una evolución perpetua, que no se detiene (instrumentos de cuerda), pero de forma especial en el segundo movimiento, allí donde los instrumentos suenan por pares sucesivos y nos ofrecen pasajes luminosos”.

“Exceptuando el segundo movimiento, con su aire de scherzo, la obra se fundamenta sobre ese paso escalonado de la seriedad del primer movimiento y la canción del lamento del tercero a la afirmación de la vida del final”.

La obra está estructurada en cinco movimientos, escrita de manera simétrica en torno a la elegía del tercer movimiento así: 

Intermezzo interrotto. Allegretto
Su nombre se debe a la irrupción de una sección central que rompe el ambiente pastoral de la primera sección.

Una teoría alude este hecho a la parodia que Bartok hace del tema «Da geh’ ich zu Maxim» de la ópera La Viuda Alegre de Franz Lehár. Otra, considera que es una burla directa a manera de carcajada del tema de la marcha de la sinfonía 7 de Shostakovich. Este movimiento es de forma simétrica y su sección inicial como la final son de ambiente pastoral, muy tranquilo, a manera de canción y con expresivos solos construidos sobre amalgamas rítmicas y melodías pentatónicas y modales. 

Finale. Pesante – Presto
Sucesión de episodios de extremo folclorismo y virtuosos pasajes en donde el tutti orquestal despliega sus más grandes y hábiles sonoridades.
Construido en forma sonata este movimiento está caracterizado por contrastes entre sus secciones, pomposas y de enérgico ímpetu con las más tranquilas, líricas y cantábiles.
Está definido por un tema de carácter puramente húngaro que se somete a inversiones, transformaciones y tratamiento fugado y que se hace claramente presente después de una extensa y enérgica preparación.

La zarzuela

La zarzuela tiene una larga tradición latinoamericana. Nuestro segundo himno nacional, Alma Llanera, proviene de la zarzuela homónima (1914) con música de Pedro Elías Gutiérrez y libreto de Rafael Bolívar Coronado.
El cóndor pasa (1913) es una zarzuela peruana compuesta por el peruano Daniel Alomía Robles con libreto de Juan de la Paz.
Cecilia Valdés es una zarzuela cubana (1932)  con música de Gonzalo Roig y libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla.

El Teatro Nacional fue durante muchos años el templo de la zarzuela venezolana en las temporadas de reconocidas compañía españolas.  Artistas como Alfredo Kraus y su hermano Francisco, Monserrat Caballé, Plácido Domingo  — y muchos años antes sus padres— entre otros, fueron ovacionados allí.  

La zarzuela o género lírico, como también se le conoce, es una verdadera fiesta participativa. Los viernes en las tardes, al salir del liceo, los diferentes grupos de estudiantes se encaminaban hacia el Teatro Nacional. Cantábamos las romanzas  como la Marcha de la Amistad, de Los Gavilanes con ayuda de un desplegable sobre el  escenario. También la considerábamos participativa por la oportunas y atildadas “morcillas”, como se conocen los chistes improvisados sobre la cotidianidad ciudadana y la situación política del momento del país o ciudad anfitrión. 

Mis hijos disfrutaron por igual los domingos en el Aula Magna de la UCV al Grupo Chichón, como  a la Sinfónica con Pedro y el Lobo . La zarzuela en el Teatro Nacional fue, obviamente, con La corte de Faraón  y Las Leandras


Ser amante de la zarzuela nunca estuvo reñido con otros géneros musicales, sea la llamada música académica (sinfónica, vocal, coral)  u otros géneros ( tango, flamenco, fado, folclórica, etc.) .

En los grupos de apoyo a la zarzuela convivíamos wagnerianos, verdianos, etc., y nuestro siempre recordado Pololo fue el mejor ejemplo de unificación de los diferentes yoes musicales armonizados. 

Cuando sienta la necesidad  de subir su estado de ánimo, escuche zarzuelas, sintonice en www.rtve. es  Radio Clásica y busque el programa La zarzuela.  Los mismos resultados anímicos se consiguen con la alternativa académica de las oberturas de Beethoven. Póngalo a prueba. 

Música en la juventud

Al iniciar mi bachillerato los programas de radio fueron y siguen siendo, al día de hoy, el pilar fundamental de mi formación autodidacta de oyente de música. Digo música porque abarca todos los géneros, como detallaré  próximamente.

En primer lugar, Radio Nacional de Venezuela, que oportunamente dirigió María Teresa Weissacher, tratando de detener su destrucción de la barbarie indetenible desde 1999También en esta estación escuchábamos Tesoros del Archivo de Rafael Sylva.

En Radio Capital, los programas eran Fantasías Dominicales, de Reynaldo Espinoza Hernández, que se iniciaba con los  primeros acordes del concierto “Emperador” de Beethoven y, —premonitoriamente—  con las palabras de Lorenzo en el acto V de  El mercader de Venecia :
«El hombre que en su interior no tiene música ni llega a conmoverse con acordes de armoniosos sonidos, es capaz de traición, de engaños y rapiñas; los instintos de su espíritu son lóbregos como la noche, y sus sentimientos, tenebrosos  como el Érebo. No confiéis jamás de un hombre así. Que se detenga ante la música«.

El violinista Yehudi Menuhin y el maestro Antonio Estévez comparten con Reinaldo Espinoza Hernández, de «Fantasías Dominicales» durante la visita del gran artista a Venezuela para estrenar en nuestro país el Concierto de Beethoven —1946.
Foto de archivo maestro Felipe Izcaray

Luego, el programa Monte Sacro a cargo del profesor Corrado Galzio, “un tachirense nacido en Sicilia” y Esta tierra mía producido y presentado por Adolfo Martínez Alcalá, para descubrir entre otros, los galerones cantados por Benito Quirós.
Todos y cada uno de estos programas ameritan una crónica detallada que el lector podrá suplir buscando por sí mismo la información en internet.  
Para amar algo es necesario acercarse y conocerlo. Es una etapa en la que se escucha mucho, sin prejuicios, para conocer obras y compositores. Poco a poco se opera el milagro de reconocer las melodías ya escuchadas, e ir decantando gusto por épocas y estilos de la música clásica. Compatible con los tiempos de internet, próximamente entregaremos una lista —que no listado— de obras con las cuales comenzar.


Biblioteca Nacional – Palacio de las Academias. Caracas

«La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido«.
                               

El libro de la risa y el olvido, 1978—Milan Kundera     

Los libros.
Recuerdo mi bachillerato como una de las etapas más felices de mi vida. Es el despertar de las emociones en un adolescente y el descubrimiento de la cultura en todas sus facetas. Magníficas personas y mejores profesores los del Liceo Rafael Urdaneta —su antigua sede de Manduca a Ferrenquin fue convertida en 1967 en una unidad educativa—.  Embelesamiento con las clases de matemáticas. Editábamos un mural de astronomía llamado Sidereus Nuncius y muchas amistades de esa época todavía me recuerdan con el pseudónimo de Selenita.
La profesora Beatriz Denis de Brito me descubre la literatura. Desde esa época adquirí el hábito de tomar nota de todo, y por el placer de la tarea, además de leer el libro completo, hacia unos análisis escritos de las lecturas asignadas que compartia con todo el salón.

Como paralelamente continuaba aprendiendo a escuchar música, tuve una verdadera epifanía leyendo el poema del Niágara de Pérez Bonalde  y la transición del tercer al cuarto movimiento de la quinta Sinfonía de Beethoven. Los invito a repetir la experiencia. Desde entonces música, literatura y todas las artes en general, nunca más se han separado en mí.

Las lecturas las hacíamos usando el carnet de préstamo circulante de la Biblioteca Nacional, en su antigua sede del Palacio de las Academias. Además de la literatura, empezamos a leer biografías de músicos y sobre análisis musical. Impercedero en mi memoria un libro fundamental, Como escuchar un concierto, de Jorge D’ Urbano. Al mencionárselo en una de sus clases a Pololo, tuve la alegría e inmensa fortuna de que me lo prestara, él también lo consideraba fundamental. El rescate de la biblioteca de Pololo es una tarea pendiente para los próximos años; contiene verdaderos tesoros. 


Aula Magna — Universidad Central de Venezuela

La sala de conciertos.
Se completa la tríada de la autoformación del amante de la música con la asistencia a espectáculos en vivo, una sala de concierto o de teatro.

En el liceo, uno de mis condiscípulos, Gerardo Réquiz, se jactaba porque estudiaba violín, y mencionaba a menudo los conciertos de los domingos en el Teatro Municipal. Al principio  estaba temeroso de ir porque pensaba que se requería ir formalmente, de flux, y desconocía la etiqueta, como eso de cuando aplaudir. 

Finalmente me atreví, y lo primero que me impresionó gratamente y me enganchó, fue la elegancia y la belleza de las muchachas acompañadas de sus parientes. Lo de la etiqueta lo resolví no precipitándome. Observaba y hacia lo de los demás, que aplaudían al final de la ejecución de la totalidad de la obra. Además se nos entregaba un programa con toda la información de las obras, sus partes o movimientos, y el orden en que serian interpretadas. Muy agradecido de Gerardo.

No hay comparación entre el sonido en una sala de concierto y la reproducción en radio o equipos de gran fidelidad. Esa sensación que te recorre el espinazo al escuchar la música en vivo no tiene comparación.  Entre las obras que recuerdo haber producido en mí esa sensación corporal está la marcha de los soldados romanos por la Via Appia, en Los pinos de Roma, de Ottorino Respighi, y el final de la suite de El pájaro de fuego, cuando se destruye el palacio. Eso de que la orquesta va de un sonido casi inaudible a un crescendo que llena toda la sala es un goce indescriptible. Igual sucede con La consagración de la primavera o el Bolero.

Una experiencia distinta, pero también gozosa porque era la unión de la poesía con la música, fueron los conciertos en el Ateneo de Caracas. Sentados en el piso escuchamos  a Paco Ibañez cantar A Galopar, de Rafael Alberti, Como tu pequeña piedra, de León Felipe, entre otros. Cuando tuve oportunidad de ir a México por un curso de  postgrado en la UNAM , compraba en las librerías alrededor del Zócalo, todo lo publicado de León Felipe.

Volviendo a la música sinfónica, hice un curso de postgrado en la apreciación musical, asistiendo a los ensayos de la sinfónica en el Aula Magna de la UCV. Trabajaba en el Investi mientras estudiaba de noche en la Universidad Santa María. Sacrificaba la hora del almuerzo, degustando los ensayos del concierto que se celebraría el domingo. Aprendí muchísimo. Algunas obras las conocía y otras no. Me quedó el gusto por ver los documentales y películas con los ensayos de directores. 

Importante: En los ensayos y en algunos momentos del concierto hay que mirar al director, pero en la mayoría de los casos, para evitar distracciones  (como algunos impresionantes brincos del maestro Estévez) prefería cerrar los ojos para ayudar a agudizar mis oídos. 

También recuerdo algunas decepciones. Después que Caldera allanara la UCV y perdiera el trabajo en el Investi, me desempeñé como almacenista en Viola & Cia. A veces estaba frente al mostrador para interactuar con los clientes, que eran técnicos en TV, radio y similares. Un día atendí a los hermanos González, músicos de la sinfónica que redondeaban sus ingresos reparando televisores. En la interacción técnica deje colar que uno de mis compositores favoritos era Brahms, a lo que me respondieron ¡qué aburrido! Desde ese momento comprendí que no todos los músicos lo eran por verdadera vocación, ni que todos están compenetrados con la naturaleza de las obras que tocan.

Más adelante, tuve oportunidad de conversar al respecto con el profesor Daniel Salas Jiménez, a quien conocía como maestro de ceremonia de los conciertos en el Aula Magna. Como docente en el Conservatorio de Música Simón Bolívar en el callejón Sanabria de la Urb. El Paraíso, estaba empeñado en que sus estudiantes leyeran sobre las obras que preparaban, que supieran quien fue Shakespeare, por ejemplo, de manera de pasar de ejecutantes mecánicos de sus instrumentos a ser artistas, que dan y transmiten contenido y sentido a las obras que preparaban.

Después de escuchar música en radio o en televisión y de leer sobre música y músicos, es muy importante consolidar lo alcanzado asistiendo a salas de conciertos. Es como poner en práctica toda la teoría aprendida. Hay que aprender a sacarle provecho al programa que nos entregan al llegar a la sala, y coleccionarlo, tanto como recuerdo de lo escuchado, como por la valiosa información que contiene  y a la cual hay que volver. Más que centrar la atención en los gestos del director, ponerla en los instrumentos a medida que intervienen.

Discotiendas de Caracas

Con mi amigo Clemente hacíamos paseos por el centro de Caracas. Él preguntaba en las discotiendas por la Obertura 1812, y pedía escucharla. Nunca comprábamos y seguíamos nuestro recorrido. Así  llegue a la sede de Don Disco en la Avenida Urdaneta.

Por lo enriquecedor de esos recorridos, los continué de manera independiente, tanto en el país como en el exterior, y en la medida de mis posibilidades, compraba.

Con mucho amor y agradecimiento recuerdo: Don Disco de Chacao y Avenida Urdaneta, Allum’s Maracaibo Import en el Centro Plaza,  Monte Ávila en el Complejo Teresa Carreño, discotienda en el Centro Comercial Los Campitos (recomendada por la FM 97.3 Emisora Cultural de Caracas), Recorland de la calle Orinoco de Las Mercedes.

No hay mayor dolor en el infortunio que recordar el tiempo feliz.                                          

 Francesca, Infierno.  Canto V, Infierno. Dante

En Caracas se quedó una de las últimas ediciones del catálogo Schwann que regalaban en Don Disco; una  herramienta  imprescindible de consulta para el melómano. Estuvo imprimiéndose de 1949  a 2002. Que yo sepa, no existen versiones electrónicas y desconozco publicaciones, impresas o digitales, que lo  hayan reemplazado. El escritor y crítico musical Alejo Carpentier le dedicó un capítulo en su libro Ese músico que llevo dentro.

Caracas siempre fue una ciudad abierta al mundo, al  día con la tecnología y la cultura, como lo testimonió el ya citado Carpentier. Sin egoísmos y muy generosamente se compartían gratuitamente los últimos hallazgos. Así por ejemplo, vimos en gran pantalla mediante  tecnología Laser Disc, en el  teatro de la sede de Maraven, en Chuao,  Tosca filmada en escenarios históricos  (1996, director Gianfranco Di Bosio). El ingeniero Giuseppe Tulli, de la Asociación Wagner de Venezuela, presentó en la sala de la Cinemateca Nacional, sede Museo de Bellas Artes, El Anillo del Nibelungo (1995)  en la renovadora puesta en escena de Harry Kupfer y dirección de Daniel Barenboim, de la ya extraordinaria versión de  Patrice Chérau y Pierre Boulez, que reinaba desde 1976. 


Hemos comprobado que los caminos para el degusto musical son múltiples. El catálogo Schwann fue una excelente base de datos de compositores y sus obras, sumamente útil para la comparación de versiones disponibles. Si usted tiene uno, lo invitamos a que en estos tiempos de confinamiento domiciliario se dedique a escanearlo o transcribirlo a medio digital.

Imagen: tenwatts.blogspot.com

¿Qué es Musicosophia?

En 1992 llega a Caracas Manuel Serrano, maestro español, discípulo directo de Balan y uno de los principales promotores de Musicosofía en Iberoamérica. Se dictaron varios talleres en Parque Central, y concurrimos a dos de ellos.

En febrero de 1993 la Fundación Mozarteum de Venezuela invitó al maestro George Balan —fundador de Musicosophia— a Caracas, quien en colaboración con dicha fundación dictó una serie de conferencias y seminarios, explicando el método de la Escucha Consciente de la Música. Desde entonces se han venido formando grupos de melómanos que practican el método de Musicosophia en talleres regulares, para lo cual no se requiere conocimiento técnico-musical.

Musicosofía  es un método de escucha especialmente orientado a  personas que desconocen o conocen poco de la música clásica. A partir de piezas cortas se desarrolla el proceso de comprensión: la escucha repetida de un fragmento musical, el tarareo de los motivos fundamentales, la diferenciación de las distintas atmósferas, la percepción de las formas, proporciones y estructuras y el reconocimiento de los nexos internos. Simultáneamente se  realizan movimientos de brazos y manos dirigidos por las melodías y estructura de la obra. De  esa experiencias el oyente elabora sus propios esquemas o meloritmias.

Meloritmias que resultan del movimiento de los brazos y manos durante la escucha consciente de una obra musical. Notizie Esperienze, 2017

En resumen, según Musicosofía los pasos de la comprensión musical son:

• Ser consciente de las primeras impresiones.
• Cantar o tararear con la música.
• Preguntar a la música.
• Distinguir las atmósferas.
• Descubrir la arquitectura de la obra musical.
• Comprender las conexiones de la arquitectura musical.
• Expresar las melodías y las estructuras mediante el gesto (=meloritmia).
• La meditación musical.

El participante aprende a desarrollar pequeñas partituras del oyente, a convertir trozos de música en instrumentos de crecimiento humano. Se redescubre la música como lenguaje superior lleno de sabiduría. Se enseña a comprenderla y a conocer el arte de la escucha consciente.

Recordamos que la primera obra trabajada fue La mañana de la Suite No.1 de Peer Gynt, Op. 46 del compositor noruego Edvard  Grieg. De Mozart, la Sinfonía No. 41 —Júpiter— y la obertura de La flauta mágica

Fue una experiencia muy interesante de la cual rescatamos parte de la metodología, pero no continuamos porque nos pareció muy subjetivo la elaboración de las meloritmias. Nos resultaba más fácil, comparativamente, estudiar y entender la lectura de una partitura musical, de tal manera de aprovechar las ilustraciones de pentagramas que incluyen muchas guías y textos de apreciación musical.

Adicionalmente, no consideramos prudente ni conveniente mezclar el uso de la música como llamado a la interiorización, al auto conocimiento y la búsqueda del sentido de la vida, porque ya contábamos con otras herramientas ( ver figuras 1 y 2 ).  Como detallaremos en futuras entregas, nos sentimos más a gusto en la participación con otros grupos de apreciación musical.

Figura 1. Según las enseñanzas de Ouspensky – Gurdieff, el ser humano puede identificarse con el pasajero de un carruaje del cual podría tener control absoluto: Necesita de un cochero (su intelecto) que dirija diría el rumbo; de un carruaje (sus funciones físicas) que debe estar en buenas condiciones y de un caballo (sus emociones) que debe ser el deseo de realizar el trayecto, De la armonía entre ellos depende su posible evolución. 

Modelos de Eduardo Castellanos (YouTube 25 de noviembre de 2018)

Ese plano de la imagen de interacción cuerpo-mundo es un mar por el cual vamos navegando. La psique seria el barco y la conciencia el piloto del barco. La vida la entendemos como una navegación en la que el piloto es la conciencia navegando el barco de la personalidad en el mar de las experiencias materiales. El resultado final del viaje depende de las continuas relaciones influencias, interacciones que se dan entre estos tres componentes y cada uno de ellos contribuye, hasta cierto punto, desde su propia realidad a la formación de una totalidad. Pero ninguno de las tres determina esa totalidad por completo.

En muchas ocasiones no tenemos control sobre las circunstancias presentes en ese mar por el cual navegamos. También es verdad que estamos  limitados por las características de nuestro barco que no podemos cambiar, pero eso no niega el potencial que tenemos para influir desde el plano de la conciencia. 

Con el mismo barco y con las mismas condiciones del mar,  el viaje es exitoso o termina en naufragio. Hay un grado de responsabilidad en la realización de este viaje que es la vida.


Existen diferentes metodologías para aproximarse a la escucha consciente de la música.
Usted debe darse la oportunidad de explorar las que estén a su alcance  y sintonicen con su sensibilidad, experiencias y expectativas personales.

Al igual que con la escucha musical, debe hacerse sin prejuicios, y sólo después de vivir la experiencia, decidir.

El cine y la música

Junto con la música y la lectura, el cine es mi gran pasión. Estos amores están tan interrelacionados que muchas veces uno de ellos conduce al descubrimiento del otro o de los otros dos. En sus inicios, un piano acompañaba a las proyecciones a manera de refuerzo emocional. A partir de 1967, la película sueca Elvira Madigan populariza el Concierto para piano No. 21 de Mozart, que desde entonces también se le conoce con el nombre del film. Con sus aciertos y sus errores —Amadeus— estrenada en 1984 y dirigida por Milos Forman contribuyó a popularizar la obra de  Mozart.

En 1967, empiezo a trabajar como técnico del laboratorio de ensayo de materiales del Instituto de Investigaciones Tecnológicas e Industriales, INVESTI, en la UCV, y conozco a uno de mis amigos, el posteriormente profesor de psicología, Luis Fuentes. Compartimos las mismas inquietudes culturales y políticas. Entre las muchas cosas que agradecer a Luis, destaco dos: el descubrimiento de Río Caribe, y un curso de apreciación cinematográfica dictado por el Dr. Lorenzo Batallán.

Luis viajaba a Río Caribe en las oportunidades que su futuro suegro, el pintor Claudio Cedeño,  se trasladaba a pintar los paisajes de esa hermosa población del estado Sucre. Posiblemente a través de las conexiones de Claudio con Pedro León Zapata y otras personalidades de El Nacional, Luis supo de un curso que sobre cine dictaría el Dr. Batallán, en la sede de los bomberos en la Av. Fuerzas Armadas. Fue la primera vez que vi  El acorazado Potemkin  (1925)  de Serguéi Eisenstein y Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles.

Después del 30 de octubre de 1969, cuando allanan la UCV y perdemos nuestros trabajos en el Instituto, continuamos la amistad y la comunicación. Por eso de la sincronicidad, ya como profesionales, nos reencontramos a través de una amiga en común del taichi y de las clases de astrología de Chuo Ortoll.

Lo aprendido en el curso del Dr. Batallán fue acrecentándose y profundizándose con la concurrencia a proyecciones y cinefórums en  la Cinemateca Nacional, en el Museo de Bellas Artes; Cine Prensa en el Colegio Nacional de Periodistas; la sala Margot Benacerraf del Ateneo de Caracas;  la sala Trasnocho en el Paseo Las Mercedes y la Sala del Celarg ( Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos).

Por televisión,  la Cinemateca del Aire, creada y dirigida por Rodolfo Izaguirre y continuada por Luigi Sciamanna, a quien escribí a propósito de las escenas de Un ballo in maschera de Verdi en La Luna —1979—, film de Bertolucci.

Por Mágica FM 99.1  atendía las conversaciones semanales de Marianella Salazar con el crítico Alfonso Molina (de Ideas de Babel), y los sábados el programa de cine de Moraima Blanco. Simultánemente, la prensa entregaba las reseñas críticas sobre actualidades en la cartelera cinematográfica.

Por cable, y posteriormente en exilio, por internet, Días de Cine  en RTVE. Creado en 1991, conservamos muy gratos recuerdos de las presentaciones de Antonio Gasset ( de 1994 a 2007). Imperdibles los ciclos de cine ( y todas las conferencias desde 1975) de la Fundación Juan March. Jaime Altozano nos desvela los misterios de las bandas sonoras en su blog.

En una futura entrega comentaré la importancia de Farinelli —1994— en el descubrimiento de los castrados y en particular de mi incorporación a grupos de apreciación musical en Caracas.


El cine por si mismo permite un acercamiento al disfrute e interpretación de las obras musicales, la vida de los compositores y el entorno histórico bajo el cual fueron concebidas y se han interpretado.

La relación del cine con las  otras manifestaciones culturales ameritaría secciones especializadas que escapan al alcance de este blog. Continuamos la formación recibida en Caracas mediante el programa semanal de rtve.es, Días de Cine. Mucho se aprende en la sección Secuencia Favorita y de los muy completos reportajes. Las recomendaciones de películas y libros están a cargo del director del programa, Gerardo Sánchez.

Es difícil escoger películas favoritas, pero me atrevería a destacar dos, por la músicas seleccionadas para las escenas que acompañan:

Cómo ser John Malkovich (1999) por Música para cuerdas, percusión y celesta de Bela Bartok, al inicio de la película.

The Deep Blue Sea (2011) por el Concierto para violín de Samuel Barber. Se oye la música mientras la protagonista no pronuncia palabras. Además es un concierto que me atrapó desde que lo escuché por primera vez.

Concierto para piano en Sol mayor Op. 58 – L V Beethoven

La música clásica tuvo siempre un lugar en mi vida estudiantil. El trayecto diario de 22 km de la casa familiar hasta la universidad Simón Bolívar solía ser propicio para apelar a mis cassettes de música clásica. Vale aclarar que las veces que no eran escuchados contaba con pasajeros que en lugar de agradecer la cola exigían que no colocara lo que ellos consideraban música pavosa o música de funerales.

En esos casos, Led Zeppelin, Jimmi Hendrix, Pink Floyd o La Dimensión Latina amenizaban la ruta. Sin embargo, los viajes en solitario estuvieron impregnados de este peculiar sonido. Era intrigante experimentar el curioso ramillete de emociones que esa música, misteriosamente, inspiraba.

El repertorio no era extenso, solo contaba con Tchaikovsky — El Lago de los Cisnes, la Overture 1812, el Concierto para violin, el Capriccio español —y Beethoven. De la limitadísima selección de la música de Ludwig Van Beethoven recuerdo en especial, la Sinfonía No. 6 — Pastoral—y el Concierto No. 4 para piano y orquesta en Sol mayor, Op. 58.

La Pastoral desencadenaba emociones difíciles de reconocer. Con la ausencia total de conocimientos que permitieran concientizar la grandeza de la obra, escucharla resultaba placentero, y el trayecto, más corto.

Por alguna misteriosa razón, sus melodías inspiraban una suerte de euforia que me predisponían para percibir la belleza que me rodeaba e insuflarme un bienestar especial. Una alegría literalmente mágica e inexplicable.

La exposición y mi reacción a la música de Beethoven en ese momento fue absolutamente instintiva. Desconocía la obra y el personaje que tan particular influencia ejercía sobre mi estado de ánimo. El tiempo en ese entonces estaba monopolizado por las prioridades típicas de un estudiante de ingeniería electrónica en la USB: Las que dictaban las hormonas y la exigencia académica.

La primera vez que me percaté de estar ante una extraordinaria obra maestra y concientizar la genialidad sobrenatural de Beethoven, fue con el Concierto No. 4. Esta obra de mi reducido repertorio la escuchaba con frecuencia. La conocía “de memoria” pudiendo anticipar sus temas y melodías.

No pretendo—ni tengo capacidad— para analizar una obra musical con algún grado de competencia, aunque si puedo expresar las emociones que inspiró y la significación de ese momento de consustanciación que aún provoca en mí su segundo movimiento.

Con las materias propias de ingeniería estábamos obligados a cursar algunas ¨humanisticas¨, por lo que decidí elegir Fundamentos de Filosofia. Los métodos de aproximación a la verdad inherente a los Diálogos Socráticos llamaron poderosamente mi atención. En ellos, los participantes realizaban exposiciones alternas, apelando siempre a la razón con base en preguntas cada vez más precisas, llegando a una conclusión y convencimiento mutuos sobre el tema en cuestion. Varios diálogos captaron mi imaginación y me maravilló la manera tan eficiente y civilizada de interactuar. Un diálogo en particular —Menon, en el cual se explora la esencia de la virtud, fue leído en clase y “puesto en escena” para deleite de los asistentes.

En camino a casa y por mera casualidad, comienza a sonar el concierto. En la medida que se inicia el intercambio entre el piano y la orquesta, se exponen los temas y el desarrollo, me percato de la semejanza con un Diálogo y simultáneamente mi imaginación se transporta y se integra en una conversación con un lenguaje sobrenatural que desconozco, pero que súbitamente comprendo! Lo entiendo porque me hace sentir, escuchar y palpar la intención noble y hermosa de los dialogantes.

En el segundo y tercer movimento percibí con claridad un hermosísimo diálogo. Por un lado, la soberbia, el orgullo y el despotismo y por el otro, la razón. El planteamiento insolente y limitado de la orquesta es respondido y sometido con sabiduría, belleza y coraje por el piano, llevando el desarrollo a un éxtasis, no de la victoria de la razón sino la celebración de la ¨conversión¨de los antivalores y su cara a la luz.

La experiencia de esa tarde me estimuló a aprender y conocer más sobre la música y el hombre que tan extraordinario poder había revelado. Desde entonces y desde la perspectiva del aficionado ignorante de teoría musical, he leído y estudiado sobre Beethoven hasta convertirme en un auténtico admirador de este gigante de la humanidad. Estoy seguro que acompaño a muchos ciudadanos del planeta en considerar a este hombre el más grande genio musical de la historia y probablemente, el ser humano más auténtico, honesto y valiente que haya existido.

La Scala de Milán y la historia de sus palcos

La historia de un teatro no es sólo la narración de las óperas que allí se representaron, de los cantantes que allí actuaron, o el recuento de sus directores y de sus estrenos. Un teatro es también el retrato de una sociedad que busca en este marco múltiples y a veces dispares objetivos: diversión, reflexión, visibilidad… Los palcos, por ejemplo, se concibieron desde los inicios del teatro de ópera como espacios privados que las familias se transmitían de una generación a otra, pero que también podían ser objeto de compraventa con cambios sucesivos de dueño.

El año pasado el Teatro alla Scala de Milán llevó a cabo un ambicioso proyecto titulado Storia dei palchi, que, a través de un minucioso y sistemático trabajo de investigación, reconstruye la historia de sus 155 palcos y de sus 1.223 propietarios desde 1778, año de apertura del coliseo milanés, hasta 1920, fecha en la que los palcos privados se expropiaron y se pasó al régimen actual. Ahora, estos datos se han volcado a la red y han confluido en una sugerente página que cualquiera puede consultar dentro del sitio web del coliseo milanés: https://storiadeipalchi.teatroallascala.org/

A través del menú, podemos acceder a un mapa digital de los palcos y, pinchando sobre cada uno de ellos, tenemos el listado cronológico de los sucesivos propietarios. Junto con sus nombres, se nos proporciona una sucinta biografía cuando ha sido posible reconstruirla. Muchos de estos dueños, sobre todo al principio, eran aristócratas, pero luego vemos que se van uniendo empresarios, eclesiásticos, músicos, militares y funcionarios: una abigarrada multitud de personas unidas por la pasión melómana y, quizá también, atraídas por el prestigio social que otorgaba la posesión de un palco en la ópera. Algunos palcos eran propiedad de asociaciones benéficas e instituciones que los ponían a disposición de sus miembros o de invitados.

Storia dei palchi es una forma de recorrer la historia de un teatro desde la perspectiva de su público, entendido no ya como un gentío anónimo, sino como un conjunto de personas con nombre y apellido, cada una con su propia historia. En una época de salas vacías como la actual, una iniciativa de este tipo se convierte indirectamente en la reivindicación de uno de los actores fundamentales de este espectáculo: el espectador. Sin público, el género no sería ni posible ni viable. Su presencia ha permitido que la ópera siga adelante desde hace más de cuatro siglos.

Fuente: scherzo.es

Tras la huella de la banda sonora de mi vida

Como venezolano nací en la música, como dijo Conny Méndez en su “Venezuela habla cantando”:

El secreto, compañero
es algo muy personal:
que arrullamos a los niños
con el Himno Nacional.

Muchos años más tarde, un amigo de la ciencia, ecuatoriano, celebraba la comunión de los venezolanos con la música y mencionaba a las madres enfrentando a los bebés al mundo musical.

En mi familia venezolana, sin ser un prototipo, se escuchaba mucha música. La gaita zuliana de parte de mi padre maracucho y el Quinteto Contrapunto más algo de música académica del lado de mi madre. Nadie tocaba un instrumento.

El primer disco LP que compré fue Help! de Los Beatles, lo adquirí en 1966 en la tienda Eltrón, ubicada en el Centro Comercial Caurimare en Caracas. Al escuchar esa música me convertí inmediatamente en un beatlemaníaco y un poco después en un rockero empedernido, hasta el día de hoy.

En 1970, mis padres me enviaron a estudiar en Montreal, Canadá. Mis primeros grandes conciertos de rock los presencié en el antiguo Forum de Montreal. Recuerdo el primero, con las bandas AC/DC y Procol Harum y luego estuve en conciertos de Santana, The Rolling Stones —con el desconocido Stevie Wonder de telonero— Chicago, Elton John, etc.

Mis amigos africanos de la universidad me hicieron fan de James Brown. Mi jefe de piso en la residencia estudiantil y vecino de apartamento, me obligó a amar al soul tras largas noches de rumbas, mientras yo trataba de estudiar o dormir. Escuché a Mongo Santamaría en un sitio en el viejo Montreal, donde también conocí al pelotero venezolano David Concepción. Mucha salsa me acompañó en Montreal con los latinos en Concordia University, hasta un programa de salsa tuvimos en la radio de la universidad.

«Cada persona es el reflejo de la música que escucha»

John Lennon

En 1978, hice un postgrado de un año en la Universidad de Roma. Luego, cuatro años en la Universidad de Londres. En Roma conocí la fiebre de Queen y fui a toques de la Serpente Latina.

Estando en Londres fui a conciertos de buenas bandas como Los Rolling Stones, Beach Boys, Bob Dylan, etc. Conocí a la nueva generación del Rock/Pop como Madness, Depeche Mode, Blondie, The Cure, Dire Straits, Kate Bush, Rod Stewart, Billy Joel y muchos más. Tenías solo que ver el celebérrimo “Top of the Tops” de la TV británica.

De vuelta a Venezuela en 1983 y metido en mi carrera como investigador y docente, nunca abandoné la música. Amé a Soda Stereo y los perseguí hasta el final. Me convertí en un fanático del rock en español argentino con sus grandes nombres como Charlie García, Luis Alberto Spinetta y Fito Páez. Por mi carrera, viajé varias veces a Argentina. Mis colegas siempre querían llevarme a escuchar tango, yo pedía que me llevaran a los boliches a disfrutar del rock.

Caracas en los 80 y los 90 fue sitio de giras de músicos excepcionales como Peter Gabriel, Gun and Roses, Iron Maiden, Santana, Eric Clapton, Miami Sound Machine, etc. También nos visitaron grandes músicos de la salsa, pop y la música académica.

En 1990 a través de un amigo comencé a tomar clases de apreciación musical. Las clases eran dictadas por el profesor Daniel Salas, quien había sido profesor y director de la Escuelas de Artes de la UCV.

Duré nueve años en cursos fabulosos y los abandoné cuando Daniel emigró a España. De esos cursos me quedaron muchos conocimientos y un real amigo. Daniel Salas falleció en 21 de mayo de 2019 en Madrid.

Los cursos con Daniel me dejaron toda la música del barroco tardío, el período clásico y la música académica contemporánea. Mis más apreciados son Antonio Vivaldi, Georg Friedrich Händel, Johann Sebastian Bach, Georg Philipp Telemann y Henry Purcell, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven, Gustav Mahler y losminimalistas Philip Glass y Steve Reich. Del Romanticismo me quedo con Franz Schubert y Félix Mendelssohn.

A la hipotética pregunta ¿qué obra salvaría en caso de un incendio o explosión del planeta? me quedaría con Die Tageszeiten Los momentos del día— de Georg Philipp Telemann.

El gusto por la música comenzó en la escuela

Mis primeros recuerdos de una escucha consciente de música académica son los de la escuela primaria, en el Grupo Escolar “Francisco Pimentel” en Caracas. Periódicamente nos llevaban a la biblioteca, nos sentaban frente a una mesa donde había una nota escrita a máquina de no más de 15 líneas con el nombre de la obra y del compositor y una breve descripción de lo que escucharíamos.

Leíamos en voz baja luego escuchábamos la obra seleccionada. Todavía recuerdo esa primera vez, La marcha eslava de Peter Tchaikovsky y Las Sílfides de Frédéric Chopin.

Adaptándose a los recursos audiovisuales actuales disponibles en las escuelas es un modelo a seguir. Con la salvedad de que primero sea el sonido, sin imágenes que distraigan y después opcionalmente, las imágenes del video para complementar con la identificación de los instrumentos a medida que la obra avance.


Discusión musical.

Después de las clases en el colegio visitábamos el taller del padre de Carlos Díaz, fabricante de jaulas y otros productos de alambre mediante una electrosoldadora de punto. El taller quedaba cruzando la calle sobre la Avenida Oeste 6.

Una vez Carlos y yo nos enfrascamos en una vehemente pero amigable disputa, propia de egos preadolescentes, sobre el nombre formal de una pieza. Después supe que era la Danza Macabra compuesta por Camille Saint-Saëns. Ambos la habíamos escuchado fuera del ámbito de la biblioteca pero no nos poníamos de acuerdo en el título.

Las experiencias musicales en la biblioteca de la escuela habían dado sus frutos, al lograr motivar a dos jóvenes a seguir escuchando música académica por sus propios medios. Y supongo, sin temor a equivocarme, que no fuimos los únicos. La escuela primaria dejó una profunda huella en mi vida. Tuve maestros excepcionales.


Mi primer Mahler y Prokofiev.

Otra de las amistades de la escuela fue con Clemente Britto. Me invitaba a su casa, de Sordo a Tablitas parroquia de Santa Rosalía, donde su tío tenía su clínica odontológica. Siempre me han gustado los perros y allí conocí a Killer, un amigable boxer. Su hermano mayor —el escritor Luis Britto García— escuchaba música clásica en discos de vinilo. Así fue como escuché algunas de las sinfonías de Mahler y la cantata Alexander Nevsky de Prokofiev, la cual vería en el cine como contaré más adelante.

Por navidades, Clemente y Luis me regalaron un longplay con la Novena Sinfonía de Beethoven. La carátula del disco eran ángeles de la Sixtina tocando trompeta.
A la luz de estas experiencias resulta muy importante en la consolidación de la escucha musical, que las obras sean afines a la sensibilidad y edad del escucha. En mi caso se produjo la sincronización con una música sinfónica vivificante, excitante, apropiada para un preadolescente. El descubrimiento de otras músicas vendría con la madurez emocional.