Una joya escondida en Caracas

            En una calle norte sur y con poco tráfico de Sebucán, se encuentra la puerta de acceso a un gran terreno con viejas edificaciones, ignoradas y asombrosamente intactas. Se trata de parte del terreno adquirido en 1928 por los Hermanos de las Escuelas Cristianas, conocidos como La Salle, para construir la sede de un noviciado en la nueva urbanización Sebucán, terreno que abarcaba desde la carretera del Este, futura Francisco de Miranda, hasta las cascadas de la quebrada Sebucán en la falda del Ávila.  Ese mismo año, colocaron la primera piedra y comenzaron la construcción, siguiendo el diseño afrancesado de la época, de cinco edificaciones con propósitos diferentes y unidos armónicamente entre sí (Capilla, residencias, aulas, dirección, y servicios). Tenía jardines internos y externos, bosques de mangos y pinos, bambúes, sembradíos, una vaquera y catorce estaciones del Vía Crucis colocadas a distancia. En la falda de la montaña quedan dos, inaccesibles, el camino está cubierto por una densa vegetación cercana a la quebrada.

            Luego de décadas y venta de partes del terreno original, quedaron quince hectáreas y las edificaciones. En la década de los sesenta clausuraron el noviciado, la capilla fue desacralizada y los Hermanos de La Salle retiraron el material eclesiástico y los vitrales traídos de Francia. Colocaron el terreno en venta y, en 1970, cuando la intervención y cierre por un año de la Universidad Central de Venezuela (UCV), hubo dos cohortes de estudiantes que deseaban ser médicos. Ese deseo, en una época llamado vocación, era intenso, poderoso y difícil o imposible de modificar por múltiples razones. Se optó por crear un curso, llamado “Ciclo Básico”, en el cual administrarían asignaturas “Científicas, sociales y humanísticas”.  Acerca esta opción, se conocía la tendencia internacional que los estudios de medicina debían comenzar con una introducción a las “Ciencias Básicas”. En la Facultad de Medicina existía una comisión que trabajaba en como implementar esa introducción. Fue entonces cuando la UCV adquirió el antiguo seminario, y la Facultad de Medicina contrató, por concurso de credenciales, personal de un amplio espectro de profesiones para administrar docencia en la nueva sede.

            El Ciclo Básico, luego Escuela Básica y posteriormente Escuela Lorenzo Campins y Ballester, funcionó allí algo más de diez y ocho años, hasta que una modificación del currículum de las escuelas de Medicina, Bioanálisis y Nutrición determinó su cierre. En la sesión del Consejo Universitario que autorizó el cierre de la Escuela Campins y Ballester, la Facultad logró que el terreno en Sebucán fuera destinado a una Escuela de Enfermería. El Dr. Alfredo Castillo Valery, consciente de la necesidad de personal de enfermería profesional, llevaba años trabajando para cumplir con los requisitos académicos y burocráticos, ya tenía la aprobación del Consejo de Facultad (1989) y del Consejo Nacional de Universidades (1992) para proceder.

            Además de las actividades docentes presenciales, Castillo, primer director de la Escuela de Enfermería, organizó un novedoso sistema de profesionalización con licenciatura y maestría para personal de enfermería que había obtenido el título en escuelas particulares o estatales de Caracas y el Interior, organizó actividades culturales y musicales en la antigua capilla que conserva, una óptima acústica, y que se ofrecieron al personal docente, estudiantil, administrativo y a los vecinos de la urbanización.

            En conjunto con la Facultad de Ingeniería, en el 2005 se inició la construcción de un gran edificio en la zona norte del terreno, con el objetivo de elaborar materiales de uso quirúrgico y prótesis para reemplazo de articulaciones. La estructura llegó a estar avanzada, aunque faltan detalles importantes y preparar personal especializado para su administración cuando el proyecto colapsó, hace unos quince años. Solo ha quedado un edificio abandonado, como tantos en el país, inservible y en deterioro.

            Hace unos diez años La UCV, utilizó la Fundación Andrés Bello, fórmula legal existente para lograr ingresos para funcionamiento de la universidad comercializando las llamadas “Zonas rentales”. Alquilaron parte del terreno norte, donde había un gran terreno plano, a una empresa privada promotora del deporte, con una concesión por treinta años. Construyeron dos canchas profesionales de fútbol, donde ofrecen entrenamiento a jóvenes. Una importante empresa española de fútbol informa, en su página oficial de Internet, que tiene sede del Campus en Caracas, en la Escuela de Enfermería en Sebucán.

            Las cinco edificaciones con diseño afrancesado de 1928, incluso las baldosas y barandas originales se mantienen intactas hoy en día. Nunca hubo intervenciones mayores. Ellas parecen un instante paralizado del pasado, una isla separada en tiempo y espacio de la evolución del diseño urbano de Caracas. Salvo para Isabel Palacios, y el público que asiste a los magníficos conciertos de la Camerata en la capilla, es un patrimonio casi completamente desconocido por los habitantes la ciudad y por instituciones culturales públicas y privadas. Además, es curioso que ese complejo de cinco edificaciones permanezca igual, incluso luego de que, en las calles que rodean el viejo noviciado, construyeron edificios de apartamentos. Allí sigue funcionando la Escuela de Enfermería, con las restricciones presupuestarias de los últimos veinticinco años, que prácticamente han paralizado las actividades de las universidades autónomas, y la investigación y formación de profesionales de pre y postgrado.

            En esta oportunidad resulta inevitable recordar la triste historia que comienza en 1827, cuando Simón Bolívar decreta los Estatutos Orgánicos de la Universidad Central de Venezuela en conjunto con José María Vargas y, para garantizar su funcionamiento, ordenó “una dotación de bienes rentales, entre ellos importantes haciendas cacaoteras exportadoras, como Chuao y Cata (costa de Aragua), productoras de caña de azúcar, y la de La Concepción (en los Valles del Tuy). A ello se agregaron luego otras importantes posesiones de casas y terrenos, y la hacienda “Suarez” en el Litoral Central. Simón Bolívar había sido el principal promotor de esta política de dar autonomía administrativa a la UCV, junto a la autonomía académica. También el Dr. José María Vargas donó sus dos casas al patrimonio universitario” (Alberto Navas en El Universal, 3 de marzo de 2023). En 1883 el Congreso de la República ordenó a las Universidades de Caracas y Mérida rematar sus bienes. Antonio Guzmán Blanco, mediante un testaferro, se apropió de Chuao, conocida como la mejor hacienda productora de cacao del mundo.

            Pienso que el conjunto arquitectónico en Sebucán, por elemental sentido histórico y para el bien común, debe ser protegido legalmente como patrimonio de la UCV.  

Tras la huella de la banda sonora de mi vida

Como venezolano nací en la música, como dijo Conny Méndez en su “Venezuela habla cantando”:

El secreto, compañero
es algo muy personal:
que arrullamos a los niños
con el Himno Nacional.

Muchos años más tarde, un amigo de la ciencia, ecuatoriano, celebraba la comunión de los venezolanos con la música y mencionaba a las madres enfrentando a los bebés al mundo musical.

En mi familia venezolana, sin ser un prototipo, se escuchaba mucha música. La gaita zuliana de parte de mi padre maracucho y el Quinteto Contrapunto más algo de música académica del lado de mi madre. Nadie tocaba un instrumento.

El primer disco LP que compré fue Help! de Los Beatles, lo adquirí en 1966 en la tienda Eltrón, ubicada en el Centro Comercial Caurimare en Caracas. Al escuchar esa música me convertí inmediatamente en un beatlemaníaco y un poco después en un rockero empedernido, hasta el día de hoy.

En 1970, mis padres me enviaron a estudiar en Montreal, Canadá. Mis primeros grandes conciertos de rock los presencié en el antiguo Forum de Montreal. Recuerdo el primero, con las bandas AC/DC y Procol Harum y luego estuve en conciertos de Santana, The Rolling Stones —con el desconocido Stevie Wonder de telonero— Chicago, Elton John, etc.

Mis amigos africanos de la universidad me hicieron fan de James Brown. Mi jefe de piso en la residencia estudiantil y vecino de apartamento, me obligó a amar al soul tras largas noches de rumbas, mientras yo trataba de estudiar o dormir. Escuché a Mongo Santamaría en un sitio en el viejo Montreal, donde también conocí al pelotero venezolano David Concepción. Mucha salsa me acompañó en Montreal con los latinos en Concordia University, hasta un programa de salsa tuvimos en la radio de la universidad.

«Cada persona es el reflejo de la música que escucha»

John Lennon

En 1978, hice un postgrado de un año en la Universidad de Roma. Luego, cuatro años en la Universidad de Londres. En Roma conocí la fiebre de Queen y fui a toques de la Serpente Latina.

Estando en Londres fui a conciertos de buenas bandas como Los Rolling Stones, Beach Boys, Bob Dylan, etc. Conocí a la nueva generación del Rock/Pop como Madness, Depeche Mode, Blondie, The Cure, Dire Straits, Kate Bush, Rod Stewart, Billy Joel y muchos más. Tenías solo que ver el celebérrimo “Top of the Tops” de la TV británica.

De vuelta a Venezuela en 1983 y metido en mi carrera como investigador y docente, nunca abandoné la música. Amé a Soda Stereo y los perseguí hasta el final. Me convertí en un fanático del rock en español argentino con sus grandes nombres como Charlie García, Luis Alberto Spinetta y Fito Páez. Por mi carrera, viajé varias veces a Argentina. Mis colegas siempre querían llevarme a escuchar tango, yo pedía que me llevaran a los boliches a disfrutar del rock.

Caracas en los 80 y los 90 fue sitio de giras de músicos excepcionales como Peter Gabriel, Gun and Roses, Iron Maiden, Santana, Eric Clapton, Miami Sound Machine, etc. También nos visitaron grandes músicos de la salsa, pop y la música académica.

En 1990 a través de un amigo comencé a tomar clases de apreciación musical. Las clases eran dictadas por el profesor Daniel Salas, quien había sido profesor y director de la Escuelas de Artes de la UCV.

Duré nueve años en cursos fabulosos y los abandoné cuando Daniel emigró a España. De esos cursos me quedaron muchos conocimientos y un real amigo. Daniel Salas falleció en 21 de mayo de 2019 en Madrid.

Los cursos con Daniel me dejaron toda la música del barroco tardío, el período clásico y la música académica contemporánea. Mis más apreciados son Antonio Vivaldi, Georg Friedrich Händel, Johann Sebastian Bach, Georg Philipp Telemann y Henry Purcell, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven, Gustav Mahler y losminimalistas Philip Glass y Steve Reich. Del Romanticismo me quedo con Franz Schubert y Félix Mendelssohn.

A la hipotética pregunta ¿qué obra salvaría en caso de un incendio o explosión del planeta? me quedaría con Die Tageszeiten Los momentos del día— de Georg Philipp Telemann.