Panorama cultural venezolano, pasado y presente.

Justificación

Rodolfo Izaguirre

Reanudamos nuestra colaboración con este Blog reproduciendo el artículo de Rodolfo Izaguirre  publicado por el diario El Nacional  el 17 de abril de 2022. Es una estupenda síntesis del panorama cultural venezolano pasado y actual, que seguramente  compartirán muchos de los participantes de los cursos de Silla Reservada. 

Para celebrar a AICA

Yo fui amigo de Juan Liscano y él me dijo una vez que la burguesía venezolana no lee. Conoce quienes fueron Haydn y Beethoven, pero no logra reconocer ninguna de las sonatas de Mozart, aunque sabe que compuso Cosi fan tutte y Don Giovanni. Conoce personalmente a los pintores venezolanos y extranjeros y seguramente les ha comprado algún cuadro pero solo tiene eso: un barniz cultural. Yo no soy tan culto, pero sé reconocer una sonata de Mozart y me deleita la voz de Kiri Te Kanawa. Lo que tengo es edad para haber navegado junto al caudaloso río de la cultura y haber tenido la suerte de escuchar que detrás de la montaña de Sainte-Victoire que Cézanne pintó muchas veces o de sus jugadores de cartas acechaba el cubismo; escuché a René Magritte decir que una pipa pintada por él no es una pipa y a Picasso confesar que a los 12 años sabía dibujar como Rafael, pero necesitó toda una vida para aprender a pintar como un niño y conocí a los Disidentes y nos negamos Perán Erminy y yo, en París, a integrar una abominable y estúpida comisión que iría donde Fernand Léger a decirle que no enviara el mural que vive en el patio techado del Aula Magna ni el vitral que ilumina la Biblioteca de la ciudad universitaria de Caracas porque era comprometerse con un dictador llamado Pérez Jiménez. Un disparate de aquellos jóvenes venezolanos que jugaban a ser revolucionarios mientras manejaban torpemente una célula comunista.

He logrado desterrar las ideologías que estuvieron obstaculizando o maltratando la fluidez de mi propio pensamiento y es por eso que camino, a mis 90 años, dispuesto a vencer la distancia que me separa, en apariencia, de nuevos horizontes y derrotar los despropósitos políticos que me abruman.

Es la suerte que he tenido: haber vivido mis primeros 40 años para ver nacer a asociaciones como la Asociación Internacional de Críticos de Arte que está celebrando sus primeros 50. Lo que quiero decir es que he seguido de cerca los caminos que ha tomado la cultura en un país petrolero que tiende a negar la belleza y la sensibilidad.

Mi hermano José Luis, amigo de Armando Reverón, me llevó siendo yo un niño a conocerlo en el castillete que construyó cerca de Las Quince Letras en Macuto. Reverón estaba disfrazado de torero y la impresión que tuve fue que se estaba burlando de nosotros y nosotros siempre creímos que nos burlábamos de él. ¡Así conocí a ese venezolano irrepetible ¡También vi a Alejandro Otero y a Benjamín Mendoza ejercer ilegalmente la arquitectura y la ingeniería civil porque los dos sin ser arquitectos ni constructores levantaron sus casas en San Antonio de los Altos!

La maravilla de lo que estoy diciendo se hizo posible porque yo tenía apenas 4 años cuando murió en Maracay, y aun sigue vivo, el general Juan Vicente Gómez y conmigo empezó a asomarse en 1935 el siglo XX venezolano porque con la muerte del tirano comenzó a nacer el país que creemos ser, el país que trata, gracias a AICA y a gente amiga, ustedes, críticos, artistas y escritores, de no ser un país primitivo.

Estuve en el Nuevo Circo viendo el tamunangue y todas las manifestaciones folklóricas en homenaje a Rómulo Gallegos, el primer civil novelista y cineasta en ser elegido presidente de la República en elecciones universales, libres y secretas. Yo tenía 13 años y gracias a Juan Liscano vi por primera vez aquella danzas y descubrí que existía un país cultural y el cine contribuyó a que descubriera que también existía una geografía, es decir, un país geográfico porque Bolívar Films para mantener la salud financiera de la empresa filmaba la obra de gobierno de los presidentes de estado que era como se llamaban entonces a los gobernadores y luego esas películas se proyectaban en todas las salas de cine y por primera vez el hombre de Maturín o de Anzoátegui veía cómo era el hombre y las calles de San Cristóbal y el hombre de Ciudad Bolívar, de San Juan de los Morros o de Petare veía también por primera vez cómo era el hombre y el lago de Maracaibo. No se conocían porque no había carreteras, solo la Trasandina que se diseñó en tiempos de Gómez. Las cámaras cinematográficas eran enormes y pesadas y no podían viajar por tierra porque el polvo del camino las dañaba. Tenían que viajar por avión. ¿Avión? Sí, porque Eleazar López Contreras compró la Línea Aérea Francesa y creó Aeropostal.

Hoy nadie sabe qué es o dónde queda Taborda, pero en los años treinta y cuarenta del siglo pasado era muy nombrada porque en Taborda, cerca de Puerto Cabello, terminaba la carretera de macadam, no de asfalto, sino de cemento que venía desde Caracas y comenzaba allí, en Taborda, la carretera de tierra y los viajeros que venían del interior al llegar a Taborda escuchaban que los cauchos del automóvil o del autobús en lugar de sonar ásperos, susurraban. Entonces se quitaban el pañuelo de la cara que los protegían del polvo del camino y gritaban: ¡Llegamos a Caracas! ¡Y faltaban cinco o seis horas para llegar a Caracas!

¡Llegaban a la civilización! Tres días para llegar a Mérida y cuatro para llegar a San Cristóbal. Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez tardaron una semana en llegar a Caracas desde el Táchira.

Taborda fue en cierta medida el lugar donde William Blake debió situar en 1793 el matrimonio del cielo y del infierno porque llegar a Taborda desde el interior era llegar al cielo, pero dejar Taborda y entrar a la Trasandina era conocer el infierno de la carretera de tierra.

De manera que vi nacer los museos, vi florecer las galerías de arte; presenciar cómo en el mundo y en la propia Venezuela el arte explotó y se avivó un pluralismo que se hizo un todo de tendencias, formas, técnicas cada vez más personales y comenzaron a convivir la pintura, el dibujo, las instalaciones, la arquitectura, los conceptos, la fotografía, las artes gráficas como  si se desvanecieran las antiguas fronteras, como si no existieran límites y aparecieron en el paisaje de las artes plásticas nuevos imaginarios, infinidad de nombres que por espacio o deferencia no puedo mencionar porque el apellido de todos esos artistas, de ustedes, al igual que el apellido de Lucifer, es Legión. Ellos fueron afirmándose en obras de importancia que comenzamos a reconocer en los museos y en galerías como la Durbán, por ejemplo, que Bélgica Rodríguez consagró en un hermoso libro que vivirá para siempre. Fue entonces cuando escuché decir que el arte era un ¡Sálvese quien pueda! Porque el arte, quiero decir, ustedes, decidieron y aceptaron no ser convencionales; el arte se hizo acción, perfomance, no le dio vergüenza ser conceptual o experimental, abstracto o figurativo.

Soy poco versado en estos asuntos, pero descubrí, no me lo dijo nadie, lo descubrí yo mismo, que el arte es una gran mentira, pero esa portentosa mentira es mi propia verdad y esta verdad es la única arma que poseo, es el poder que me defiende del desamor y de la injusticia, de la autocracia y del despotismo.

Puedo afirmar que soy un ser privilegiado. ¡Un venezolano de privilegio! Durante largos años dirigí, para bien o para mal, la Cinemateca Nacional y navegué y sigo navegando en el cine; durante cincuenta años me encendí de amor por Belén Lobo, la bailarina que vio nacer en Venezuela el ballet y la danza moderna porque también el ballet nació con ella y me atrapó el conocimiento del port de bras y la perfección de la promenade e hice míos los nombres de Marius Petipa, Serguei Diaguilev, Martha Graham, Merce Cunningham y con ellos los nombres de la orquesta Casino de la Playa, Billo Frómeta, Armando Manzanero, Arnold Schönberg, Alban Berg, Krzysztof Penderecki, y entre nosotros a Zhandra Rodríguez, a Sonia Sanoja, a Vicente Nebreda y músicos como Antonio Estévez, Rhazés Hernández López, Diógenes Rivas.

Junto a Adriano González León, Salvador Garmendia, Guillermo Sucre, Luis García Morales, Perán Erminy, Elisa Lerner estuve en el Grupo Sardio que renovó la literatura venezolana y luego participé activamente en el Techo de la Ballena, un tardío dadaísmo que sacudió la apacible floresta cultural venezolana, le dio categoría de arte a la necrofilia con la célebre exposición de Carlos Contramaestre y Caupolicán Ovalles se burló del Presidente de la República con el poema «¿Duerme usted Señor Presidente?»

Puedo en dos minutos exponer la importancia cultural que concedo a los años cuarenta del pasado siglo. La Compañía de los Ballets Rusos del Coronel de Basil se deshizo en Caracas y dos bailarines argentinos, los esposos Eric y Luz Thompson quedaron varados pero conocían a Freddy Reyna, amigo a su vez de Dionisio López Orihuela, director del liceo Andrés Bello y Freddy logró que Orihuela, para favorecer a los Thompson, creara una cátedra de ballet. Era la primera vez que se hablaba de ballet en esos términos porque la última y única vez que se mencionó fue en 1927 cuando Ana Pavlova llegó a Puerto Cabello, bailó para el General Gómez y luego en el Municipal de Caracas. Se dijo, porque no existe ningún documento, que Gómez ordenó que todos los maridos acompañaran a sus esposas al Municipal para deleitarse con la exquisitez de Ana Pavlova a quien regaló el nombre de Pavlova en morocotas de oro y aquellos maridos bigotudos tuvieron que abandonar el brandy, el póker y las putas para acompañar a sus esposas a un espectáculo que debió parecerles de maricones.

De la cátedra de ballet inventada para que pudieran sobrevivir los Thompson surgirán Vicente Nebreda, Sonia Sanoja, Graciela Henríquez y poco mas tarde la Nena Coronil, las hermanas Contreras y en esa misma década llega al Andrés Bello, el mexicano Obregón a dictar un taller de expresión corporal y trae a un asistente llamado Grishka Holguin quien va a fundar en Venezuela la danza contemporánea; y al liceo Fermín Toro llega el español Alberto de Paz y Mateo que acompañó a Federico García Lorca en la Barraca, la compañía  que llevó teatro a todos los pueblos de España. Y Alberto de Paz y Mateos creó el Teatro Experimental del Liceo Fermín Toro de donde saldrán Nicolás Curiel y Román Chalbaud. Y por falsa modestia he dejado para el final que en el Fermín Toro van a encontrarse en esos mismos años Adriano González León, Luis García Morales, Elisa Lerner y Rodolfo Izaguirre quienes van a crear el grupo Sardio, renovador de la literatura venezolana.

¡El ballet, la danza contemporánea, el teatro moderno y la renovación literaria nacen simultáneamente en dos liceos y en un país que celebra a un presidente civil! La última noticia que tuve del Fermín Toro fue la de unos estudiantes encapuchados que intentaban estrangular a un profesor y supe también de alguien que reparaba una motocicleta sobre el escenario del Teatro Nacional.

El homenaje a la necrofilia fue un sonoro escándalo porque Carlos Contramaestre, trató las vísceras de res, las pegó sobre lienzos y las expuso en el garaje alquilado de una casita en Sabana Grande. El martes estaba yo a las diez de la mañana cuidando la exposición cuando vi que algo se movía en aquellos «cuadros». «El arte tiene vida, me dije y allí siguen esos curadores parloteando a su gusto». Me acerqué y vi que eran gusanos que se movían en las vísceras mal tratadas por Contramaestre, a pesar de ser médico. ¡Pero eran gusanos del arte y no los que se movían, protestaban y eran desterrados de la ya agusanada Revolución Cubana!

En la hora actual soportamos maltratos políticos, pero la cultura sigue siendo un potro indomable, un remolino estremecedor. No hay museos; milagrosamente se editan libros, proliferan galerías de arte en las urbanizaciones de Caracas; los actores buscan la manera de levantar los telones en el Trasnocho Cultural y AICA para alegría de todos celebra años de intensa vida activa y resplandeciente.

Mediadores de la música: un nuevo perfil de músico profesional

Por Mikel Cañada 21/11/2020

La mediación es un concepto utilizado en muchas disciplinas que van desde la mediación política, la mediación legal y en conflictos laborales, la mediación en el ámbito familiar, la mediación cultural o la mediación educativa. El mediador es por definición el que está entre dos objetos (del latín medius: quien está en el medio) que tiene que relacionar de alguna manera. En el contexto cultural, estos objetos serían las obras, los artistas y las instituciones por un lado y los diferentes públicos por el otro.

Un poco de historia

El concepto de Mediación Cultural no es un término excesivamente normalizado en España. Sus inicios se remontan a Francia en la década de los años sesenta del siglo XX, pero no fue sino veinte años después cuando se legitima como estrategia de democratización para favorecer el acceso a las artes y la cultura. Así, la mediación cultural pasa de lo cultural a lo social (Lafortune, 2012)[1] y permite el desarrollo de numerosas medidas destinadas a la inclusión social de diferentes públicos (o colectivos de ciudadanos) que, a través de una experiencia artística, encuentran una manera mejor de comprenderse y respetarse mutuamente. En España es en el sector museístico dónde la mediación cultural se ha implantado con mayor fuerza.

 ¿Por qué la mediación cultural en el sector de la música?

Desde el sector de la cultura en general y de la música clásica en particular, puede existir la percepción de que nos alejamos sin remedio de un gran número de personas que no se sienten interpeladas por nuestras propuestas artísticas. Por ello, las instituciones musicales, en aras de su propia supervivencia o para implementar su radio de acción, han entendido la necesidad de acometer acciones que, por un lado, mejoren las relaciones con su público habitual, fomentando la participación ciudadana en la cultura, y por otro, luchen contra la exclusión de determinados sectores de la sociedad que, por diferentes motivos, no tiene acceso a ella.

Si un joven o una joven española atraviesa toda su etapa de Educación Obligatoria sin haber asistido a conciertos de música en vivo de orquestas, de grupos de cámara o de Jazz, si no han asistido nunca a una representación de ópera, de zarzuela, de danza, de teatro o de clown…quiere decir que, desde las políticas educativas y culturales, les estamos excluyendo del acceso a esa parte de la cultura. Si un colectivo de personas con discapacidad no tiene acceso a nuestras propuestas porque no organizamos actividades a las que puedan asistir en las condiciones adecuadas de accesibilidad, pero que además les permita interactuar con el objeto artístico viviendo una experiencia plena, también les estamos excluyendo del acceso a la cultura. La mediación es aquí una herramienta fundamental para crear, organizar, realizar y liderar proyectos que faciliten esa relación y propicien un dialogo constante con el público de nuestra comunidad, en una experiencia enriquecedora de conocimiento mutuo.

Mediación Artística

Tal y como la define la periodista de la Universidad Católica de Chile M. Inés Silva, “la mediación artística es un campo dentro de la mediación cultural de carácter más específico, y constituye toda la gama de intervenciones y relaciones que el mediador o mediadora incita entre la obra artística y su recepción en el público, una posibilidad de diálogo en un acto circular de experiencia y aprendizaje. Consiste en permitir a un sujeto social producir, a partir de una experiencia inédita a la cual el mediador o mediadora lo confronta, los conocimientos necesarios para acceder a otras formas de representación de la realidad concreta”.

La música, el arte de la mediación

La música presenta peculiaridades que influyen considerablemente en el proceso de mediación. Para Hennion (1993)[2], la música es el arte de la mediación, porque sin la ayuda de las mediaciones operadas por partituras, intérpretes, conciertos o grabaciones…la música permanece inaccesible. En otras palabras, no hay una obra que se pueda ver, como en un museo, por ejemplo; la obra musical solo es accesible a través de la confluencia de diferentes factores.

La mediación musical -un campo dentro de la mediación artística- conecta por tanto los diferentes repertorios de la música universal con los músicos que las interpretan y las personas que la escuchan. Elabora estrategias para acercarse a públicos reales o potenciales y establece las herramientas para evaluar el impacto de dichas acciones.  La actividad se refleja en una gran gama de actividades pedagógicas y artísticas en las que el denominador común es provocar la interacción entre el público y la música. Para ello, otras artes o disciplinas pueden formar parte de proyectos que van más allá de la simple explicación y que provocan la participación, con una clara vocación multidisciplinar. Estas prácticas se acompañan siempre de procesos de investigación que permitan una revisión constante sobre el tipo de intervenciones que realizamos, en qué formatos y contextos se desarrollan y las metodologías que utilizamos.

Una formación incipiente

Intérpretes, musicólogos, pedagogos, comunicadores o creadores son los profesionales que realizan esta labor en la actualidad, si bien desde la enseñanza superior se ha detectado la necesidad de crear un perfil profesional especializado que proporcione las competencias necesarias para la mediación artística.  Así, poco a poco se van ofertando en las enseñanzas superiores de Máster, propuestas innovadores como el “Máster en Enseñanzas Artísticas de Mediación, Gestión y Difusión Musical”, que comenzó el pasado curso en Musikene (Centro Superior de Música del País Vasco), o el máster “Arte para la transformación social, inclusión social y el desarrollo comunitario: Mediación Artística” que puso en marcha la Universidad de Barcelona en el curso 2017-2018. En el ámbito europeo, la Universidad París-Sorbona, ofrece desde hace una década un Máster en “Mediación de la Música” y la Haute École des Arts de Berna ofrece el máster performativo “Especialización de la mediación musical artística”.

La función de los mediadores y las mediadoras de la música

La figura del mediador o mediadora musical atiende a un cambio de paradigma del perfil del músico profesional; cada vez más la sociedad y la situación socioeconómica del sector de la música exige un perfil de músico flexible, polivalente y multidisciplinar. Las intervenciones de la mediación de la música pueden desarrollarse en diferentes universos profesionales: en el diseño de proyectos culturales y actividades artísticas, proyectos en el ámbito social, en la educación, las relaciones con el público, la comunicación, en el ámbito socio sanitario, etc.

Un espacio común para avanzar colectivamente

La mediación de la música nos ofrece además un espacio común para poner en valor todas las importantes intervenciones que ya se vienen realizando en España, y nos permite también, como colectivo, comenzar a mapear la situación en nuestra comunidad, ciudad, región o país con el fin de detectar aquellas áreas con mayores necesidades de una mediación eficaz.

Nos ofrece también la posibilidad dignificar y visibilizar la labor poco conocida de diferentes profesionales de la música que realizan innovadoras y arriesgadas propuestas artísticas, siempre con el fin de contribuir a mantener vivo el arte de la música en vivo, un arte efímero y valioso que debemos proteger de crisis, pandemias y políticas fallidas.

NOTAS;

[1] Lafortune, J.-M. (2012). La médiation culturelle: le sens des mots et l’essence des pratiques . PUQ.

[2] Hennion, A. (1993). La passion musicale. Une sociologie de la médiation. Paris, Métailié.

(Mikel Cañada es el responsable de las actividades socioeducativas de la Euskadiko Orkestra, es vicepresidente de Red de Organizadores de Conciertos Educativos y Sociales -ROCE- y miembro del Consejo Estatal de las Artes Escénicas y de la Música de INAEM)

Fuente: scherzo.es

El cine y la música

Junto con la música y la lectura, el cine es mi gran pasión. Estos amores están tan interrelacionados que muchas veces uno de ellos conduce al descubrimiento del otro o de los otros dos. En sus inicios, un piano acompañaba a las proyecciones a manera de refuerzo emocional. A partir de 1967, la película sueca Elvira Madigan populariza el Concierto para piano No. 21 de Mozart, que desde entonces también se le conoce con el nombre del film. Con sus aciertos y sus errores —Amadeus— estrenada en 1984 y dirigida por Milos Forman contribuyó a popularizar la obra de  Mozart.

En 1967, empiezo a trabajar como técnico del laboratorio de ensayo de materiales del Instituto de Investigaciones Tecnológicas e Industriales, INVESTI, en la UCV, y conozco a uno de mis amigos, el posteriormente profesor de psicología, Luis Fuentes. Compartimos las mismas inquietudes culturales y políticas. Entre las muchas cosas que agradecer a Luis, destaco dos: el descubrimiento de Río Caribe, y un curso de apreciación cinematográfica dictado por el Dr. Lorenzo Batallán.

Luis viajaba a Río Caribe en las oportunidades que su futuro suegro, el pintor Claudio Cedeño,  se trasladaba a pintar los paisajes de esa hermosa población del estado Sucre. Posiblemente a través de las conexiones de Claudio con Pedro León Zapata y otras personalidades de El Nacional, Luis supo de un curso que sobre cine dictaría el Dr. Batallán, en la sede de los bomberos en la Av. Fuerzas Armadas. Fue la primera vez que vi  El acorazado Potemkin  (1925)  de Serguéi Eisenstein y Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles.

Después del 30 de octubre de 1969, cuando allanan la UCV y perdemos nuestros trabajos en el Instituto, continuamos la amistad y la comunicación. Por eso de la sincronicidad, ya como profesionales, nos reencontramos a través de una amiga en común del taichi y de las clases de astrología de Chuo Ortoll.

Lo aprendido en el curso del Dr. Batallán fue acrecentándose y profundizándose con la concurrencia a proyecciones y cinefórums en  la Cinemateca Nacional, en el Museo de Bellas Artes; Cine Prensa en el Colegio Nacional de Periodistas; la sala Margot Benacerraf del Ateneo de Caracas;  la sala Trasnocho en el Paseo Las Mercedes y la Sala del Celarg ( Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos).

Por televisión,  la Cinemateca del Aire, creada y dirigida por Rodolfo Izaguirre y continuada por Luigi Sciamanna, a quien escribí a propósito de las escenas de Un ballo in maschera de Verdi en La Luna —1979—, film de Bertolucci.

Por Mágica FM 99.1  atendía las conversaciones semanales de Marianella Salazar con el crítico Alfonso Molina (de Ideas de Babel), y los sábados el programa de cine de Moraima Blanco. Simultánemente, la prensa entregaba las reseñas críticas sobre actualidades en la cartelera cinematográfica.

Por cable, y posteriormente en exilio, por internet, Días de Cine  en RTVE. Creado en 1991, conservamos muy gratos recuerdos de las presentaciones de Antonio Gasset ( de 1994 a 2007). Imperdibles los ciclos de cine ( y todas las conferencias desde 1975) de la Fundación Juan March. Jaime Altozano nos desvela los misterios de las bandas sonoras en su blog.

En una futura entrega comentaré la importancia de Farinelli —1994— en el descubrimiento de los castrados y en particular de mi incorporación a grupos de apreciación musical en Caracas.


El cine por si mismo permite un acercamiento al disfrute e interpretación de las obras musicales, la vida de los compositores y el entorno histórico bajo el cual fueron concebidas y se han interpretado.

La relación del cine con las  otras manifestaciones culturales ameritaría secciones especializadas que escapan al alcance de este blog. Continuamos la formación recibida en Caracas mediante el programa semanal de rtve.es, Días de Cine. Mucho se aprende en la sección Secuencia Favorita y de los muy completos reportajes. Las recomendaciones de películas y libros están a cargo del director del programa, Gerardo Sánchez.

Es difícil escoger películas favoritas, pero me atrevería a destacar dos, por la músicas seleccionadas para las escenas que acompañan:

Cómo ser John Malkovich (1999) por Música para cuerdas, percusión y celesta de Bela Bartok, al inicio de la película.

The Deep Blue Sea (2011) por el Concierto para violín de Samuel Barber. Se oye la música mientras la protagonista no pronuncia palabras. Además es un concierto que me atrapó desde que lo escuché por primera vez.